domingo, 7 de abril de 2013

Gemidos


Un barrio con montones de esquinas, gatos olvidados, casas tapiadas, gente mangueando, edificios a estrenar, señales de tránsito y semáforos, avenidas principales y calles transitadas. Una enumeración así puede prometer aventuras, pero eso no sería otra cosa que una interpretación subjetiva de un conjunto de palabras que realmente no es más que eso: un conjunto de palabras.
En todo caso, la aventura existe a partir de sensaciones o construcciones hechas a partir de la interpretación -también subjetiva- encerrada en un cuerpo o extraviada en una mente, también encerrados en un espacio geográfico y temporal concreto.
Bueno, eso es lo que traigo hoy para ustedes. Mi propia interpretación de lo que fue una caminata por algunas calles de un barrio apretado entre el Parque Batlle y el Buceo, por ahí. Pero si tienen un mapa, o si tienen un barrio, pueden intentar su propia interpretación y dejar de lado esta -muy breve- narración*.
Fue un sábado, yo volvía caminando de la casa de un amigo. Subía por Luis A. de Herrera, hacia Av. Italia. En el trayecto hay varios repechos, pero el más pronunciado es el último, en la última cuadra antes de llegar a esa avenida que une Tres Cruces con lo que hay más allá de Carrasco.
El viento no jugaba a mi favor. El sol de la tarde, no era otra cosa que un astro aprontándose para irse a la cama. Hecho que daba al paisaje urbano esa estética de colores cálidos que tanto me gusta. Es que en ese marco, de sol cayendo, los grises adquieren vida. Si claro, es algo muy personal y posiblemente mi visión daltónica altera vuestra propia interpretación, pero no acepto quejas hasta que esto termine. Continúo.
A mitad de camino, entre la casa del Tavo y la mía, hay un restaurant, con el exterior pintado en un color negro horrible, ni siquiera sé si es un color, porque realmente es horrible. Supongo que el propietario intentó darle un toque de exclusividad, o "premium" y acumuló entre la pintura exterior y el diseño general del local, todos los clichés vistos a nivel global para ese tipo de negocio. El resultado es un local que ocupa un esquina y sirven comida. Una vez fui a ese mismo bar -ah, eso, para mí es un bar pero a ustedes se lo presento como restaurant porque esa es la palabra que se ubica debajo del logo- y pedí una cerveza. La camarera, que gozaba de un hermoso embarazo, de unos seis meses estimo, me preguntó que iba a pedir para comer. Respondí que sólo tenía intenciones de tomar cerveza. Me miró raro, creo que por su frustración de no anotar nada en la pequeña libretita que tenía entre manos. A los tres minutos se acercó nuevamente a la mesa y apoyó una jarra cervecera, con el vidrio todo empañado. Me gusta cuando sirven la cerveza en recipientes previamente congelados. Si bien siento cierto temor de que el vidrio estalle, por la diferencia de temperatura con el ambiente bastante más templado, desde que el líquido rubio golpea las paredes frías hasta que llega a mi boca o se queda reposando en mi barba, no dejo de disfrutar.
Ven, no sólo destaco lo negativo del bar, destaco también sus puntos fuertes. No soy del todo malo.
Ese sábado, mientras volvía, pasé frente al bar. También en esa misma esquina hay una parada de ómnibus. Por ahí pasan el 183 y el 405 -bueno, si no es el 405, es otro de los "rojos"-.
En la fachada del bar, orientada hacia esa parada, además del ventanal que permite una buena visual desde el interior, hay un pequeño cantero, con algunas plantas y en menor cantidad, pueden verse unas flores. A veces, la gente que espera el ómnibus, se apoya en el muro exterior de ese cantero. No pueden sentarse porque la vegetación lo impide, pero en el borde de muro que sobresale, resulta bastante cómodo apoyarse mientras uno espera. Yo no lo probé, pero es lo que veo de la gente que sí lo hace.
Es decir que los comensales con vista al exterior, además de entretenerse con el tránsito, pueden perder el tiempo deteniendo su mirada en la gente que aguarda expectante algún ómnibus para llevarlos a quién sabe dónde.
Es entonces en ese cantero, que sucedió uno de los acontecimientos extraños de la caminata sabatina.
Un tipo joven, supongamos de unos treinta años, vestido con jeans, campera de nylon negra y calzado con unos championes gastados, de cuero marrón; se acercó a una viejita, bueno no era viejita, era una señora mayor, para ese caso supongamos unos setenta y dos años, completamente cargada de canas, arrugas bastante pronunciadas que daban aspecto de profundidad entre pliegue y pliegue, estaba abrigada creo que con cierta exageración, con un saco de lana gruesa, color violeta pálido, una falda de lana en el mismo tono pero con diseño en blanco, si bien la falda le cubría bastante más que las rodillas, se podía ver el también exagerado espesor de sus medias negras.
La cosa es que el flaco al acercarse a ella, le dijo: 
- hacema de campana, que me voy a echar una meada.
Ella, cambió su mirada perdida hacia el norte, con la esperanza de ver un ómnibus acercarse a sus deseos, por un gesto de susto, abriendo sus ojos tanto como su boca.
Pero aunque no impidió el accionar del hombre, siguió apoyada contra el cantero aunque se encorvó hacia adelante para que él no interfiriera con su visión. O sea, después de la primera impresión, ella actuó con indiferencia.
En el interior del local, la mujer que estaba tomando un cappuccino y comiendo un par de sandwiches calientes, imitó a la anciana: se asombró cuando vio al hombre desenfundar y continuó masticando y bebiendo al tiempo que se sonreía muy disimuladamente de la cara ya placentera del hombre descargando sobre las plantas del cantero, todo su líquido, casi tan rubio como la cerveza.
Uno de los mozos, atento a todo lo que sucedía en el exterior, salió decidido a increpar al hombre que confundió cantero con mingitorio, pero yo seguí caminando y no volteé para conocer el desenlace. Preferí llevarme el nudo sin desatar.
Debo comentar que esa situación extraña me llevó a reflexionar sobre cuestiones íntimas, y en eso me mantuve ocupado durante un par de cuadras, hasta el siguiente suceso que compone este relato.
Poco antes de llegar al inicio del último repecho, a mitad de cuadra pasé frente a una casa pequeña, de una sola planta, con rejas perimetrales bastante más altas que yo, que servían para encarcelar a tres perros demasiado grandes para lo que era la casa. No conozco de razas, pero me animo a decir que eran dos ovejeros alemanes y un dogo gris -si me equivoco, me dicen, ok?-.
En ese momento, al destino se le ocurrió que una señora gorda saliera a pasear a su mascota. Un perro común -no raza pura- chiquititito. Lo paseaba con una correa regulable, de esas que se extienden a gusto del humano y del perro -a veces-.
Cuando el perrito osó caminar con paso altivo frente a los perros, a sabiendas de que la reja lo iba a proteger, los tres perros GIGANTES, envueltos en una furia que pocas veces en mi vida ví, comenzaron a largar una baba bastante espesa que desprendían a medida que movían su cabeza de un lado a otro, al ritmo de los ladridos guturales.
Pero, si ustedes me disculpan, el paso altivo del perrito es algo que puedo llegar a comprender, era como su minuto de gloria, la impunidad genera éxtasis, ya lo sabemos.
Prefiero detenerme en la mirada de la señora, que acompañada por el globo gigante que salía de su boca, lo supongo construido a base de varios chicles, era una fantástica expresión de burla.
Ella, con su gordura y su mal gusto para vestirse, gozaba por la impotencia de los sabuesos presos de una situación que censuraba su instinto al extremo. Eso me embargó en una sensación de tristeza. No sé muy bien porqué pero comencé a imaginar diferentes escenarios sobre la vida diaria de la mujer. Todos los escenarios me parecen patéticos y prefiero continuar sin detenerme en eso.
Llegando entonces a casa, recordé que no había comprado las entradas para el recital del domingo. Allí cambié el rumbo, y lo que pasaría luego, me haría comprender que todo lo ocurrido hasta ese momento, fue una nimiedad.
Las entradas se vendían a unas seis o siete cuadras de dónde me encontraba. El cielo se devoraba toda la luz que podía para vestirse con ropa oscura como si se tratase de eventos excluyentes entre sí.
Estaba algo cansado, al menos de eso hablaban mis pies. Pero no tenía interés de quedarme sin entradas. Caminé las cuadras que faltaban para llegar al local de venta, un pequeña cola asomaba por los ventanales. Es que en ese mismo lugar uno puede pagar la luz, el teléfono, las compras de Mercadolibre, girarle la plata al vendedor de faso, todo, todo en un solo lugar, ah, y comprar entradas para recitales de rock, obvio.
Pero no me puedo quejar, no esperé, apenas llegar y sin saber porqué, me atendieron por una ventanilla, vacía, sólo la cajera. Ella, rubiecita, treinta y cuatro años, dos hijos chicos, contenta con su vida y bastante perra en la cama -todo es un supuesto, obvio-.
Me preguntó si quería platea alta o baja, respondí que me diera las más baratas.
Respondió que por cuarenta pesos más, accedía a platea baja -cerca del escenario-, y acepté.
Me llevé las dos entradas, no sin antes agradecerle.
Y salí. El barrio ya era otro. La noche había llegado para quedarse. Nunca confío en el día y en consecuencia, espero que llegue el día en que no amanezca. Muchas veces pienso que la noche va a ser infinita. No es que crea en lo reyes magos, pero lo que uno llega a experimentar de noche ni se acerca a las mejores experiencias diurnas. En la noche, y sobre todo en las noches en soledad, es cuando la vida golpea la puerta. Allí es cuando el yo queda desprovisto de todas las ataduras que lo conectan a uno con eso que llaman realidad. Pero aún sabiendo que durante el día vivimos una falacia, no encontramos la forma de liberarnos, hasta que sí la noche hace su jugada.
Ojo, no es magia ni nada de eso, es simplemente reconocer que no hay otra cosa. Que la vida es un segundo y cuando esa misma vida se apaga, todo deja de existir, incluso todo lo que durante el día parecía importante.

Así que con los tickets en la mano, fui otro. Mis pies dejaron de delatar el cansancio y las ganas de volver a perderme entre esquinas, nacieron con un llanto de felicidad.
No puedo decir con exactitud cuantas cuadras recorrí hasta que sucedió lo que ya voy a contar, pero lo que tenían en común era la oscuridad. Pocos faroles en esas calles, lucían bien.
Hasta que al girar en una esquina, a mitad de cuadra logré divisar una silueta masculina en movimiento. A medida que me acercaba, confirmé que era un hombre de mediana edad, con atuendo deportivo, buzo de manga larga, short y championes de correr.
Estaba haciendo ejercicios de estiramiento, para eso se había ubicado frente a la única casa de la cuadra que tenía una lamparita encendida. No era una fuente de luz poderosa, ni mucho menos, sería de 25 o 40w a reventar.
Supongo que ya estaba de vuelta, es decir, en breve estaría en su casa duchándose y disfrutando de tener una vida saludable.
Por la acera de enfrente, venía un hombre grande, robusto, de piel oscura, sin remera -sí, a pesar de la fría brisa que gobernaba el clima a esa hora, el tipo venía sin remera- y con una bermuda de jean ajustada. De chancletas.
De manera simultánea, yo continuaba mi marcha, acercándome al "deportista" a diez o nueve metros.
El "grandote" cruzaba de acera, estando a cinco metros del lugar elegido por el otro para estirar, y en ese instante que uno cruzaba, el otro apoyó sus manos contra la pared, como tratando de estirar los músculos de las piernas, por lo que su cuerpo quedó formando casi un ángulo recto.
Antes de que yo pasara a su lado, el morocho, grandote lo tomó de la cintura, le bajó el short y él se bajo la bermuda de jean.
Todo fue en segundos.
Los dos me vieron aproximarme, pero me trataron con la misma indiferencia que minutos o horas antes, la vieja trató al flaco que meaba tranquilamente.
Lo penetró violentamente, echando su torso hacia atrás. Mientras que el otro se apoyaba con firmeza a la pared y gemía, como si estuviera tosiendo y fuera mudo.
Atiné a cruzar de vereda, y no continué observando la escena, pero ya lo había visto todo.
En la calle no había nadie más, excepto otro individuo que venía de frente, corriendo. Tenía aspecto andino, se apresuraba a llegar, al parecer a donde estos dos estaban gozando de una sesión intensa de sexo exhibicionista. Cuando lo vi de cerca, noté que en su mano llevaba un chumbo.
Un revolver plateado de caño largo y con tambor. Tampoco conozco de armas, así que por favor confórmense con esa breve descripción.
Él también evito mirarme. O me vió pero no me prestó atención, anyways. Lo que si generó fue intriga, y me obligó a seguirlo con la mirada.
Cuando llegó al encuentro de los otros dos, ellos ya habían terminado.
El "grandote" se subió la bermuda, mientras el "deportista" continuaba apoyado contra la pared, agitado.
Pero lo fornido y lo enorme de sus músculos, no impidieron al morocho, arrodillarse frente a este tercero. Mientras se arrodillaba, el sujeto armado, gatilló el revólver. Lo apoyo contra la frente del que estaba con rodillas en el suelo y manos apuntando al cielo, y disparó.
El estruendo me hizo cerrar los ojos un instante para abrirlos de golpe y endurecer todos los músculos de mi mandíbula.
El revólver quedó tirado en el piso. El otro seguía con las manos apoyadas en la pared, y el "andino" siguió caminando sin prisa, por la misma dirección. Yo giré, me metí una mano en el bolsillo del pantalón apretando el celular, y me apoyé la otra en el pecho. Me fui caminando.
Fue curioso, el estruendo del disparó me borró para siempre esos gemidos que me parecieron tan inusuales, por encontrarlos a la vuelta de la esquina.



* Narración que no tiene otro propósito más que exponer cierta necesidad de masoquismo que experimento al mostrar mis limitaciones.


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