martes, 30 de abril de 2013

La Macoly Kolkin Band - Deep



Las aguas del destino

Tengo unas ganas locas de abrazarte. De verte después de mucho tiempo. Quiero volver a sentir esa sensación de descubrirme tímidamente atravesado por tu mirada, sin que las palabras hagan su juego. Así, con el nerviosismo natural de un adolescente que se descubre próximo a algo nuevo, a una primera vez que será eterna, así me imagino caminando detrás de tus pasos, para en cierto momento tocar tu espalda con mi dedo, acariciándote con ese pedacito de mi ser, preguntándote a vos, si en mi historia hay tiempo suficiente para que tus brazos le adviertan a mi espalda y pecho, que están rodeados. Rodeados de vos. Son tantas las fuerzas que me empujan a sentir ese deseo, que parece una decisión resuelta en asamblea. Un consenso de voces decididas a esperar del futuro algo realmente mejor. No hay otra actitud que guarde mayor fortaleza. No existen proteínas que alimenten mis sueños con tanto vigor. Y mientras tanto, espero, pero con nada de pasividad, porque estando al acecho me permito recordar el perfume de tu cuello, y el pasado se transforma en una experiencia absolutamente vigente. Entonces me doy cuenta que mi deseo de recorrer tu existencia es una forma de romper mi espacio para quedarme en tu tiempo. Siento la fuerza en el incesante ajetreo de las hormigas que devoran mi estómago para recordarme que al otro lado de la calle, estás vos, pensando que esa calle es un océano y que los barcos todos fueron tomados por piratas. Y siento la fuerza, en la lucidez que me lleva a pensar una y otra vez, también sin pausa, que no hay culpa que pueda opacar la alegría de sentir una sensación tan íntima. Es que llego a pensar que las aguas de ese océano, por más crueles y profundas que parezcan, no son otra cosa que una aventura. No pienso en ahogarme, pienso en nadar. Pero lo más importante: pienso en la belleza de nadar. Hundirme lentamente, comenzar a moverme, agitando el agua en su medida justa, tocar música en cada brazada, abrir y cerrar los ojos viendo las estrellas muy de a poco. Y si algún día llego a tu orilla, si es que mis pies logran caminar en tu arena, será mi deseo el mismo y convertiré las huellas en una pintura cargada de formas armónicas, para que bailen al ritmo de mis susurros, y para que pisen firmes en tus gemidos libres. Tengo unas ganas locas de abrazarte, y eso es lo único que hay. Una estructura mental interpelada por un deseo vehemente que se traduce en una actitud creativa con la potencia de una locomotora. Es una máquina a vapor dirigiéndose a un destino incierto, recorriendo vías nuevas. Es el optimismo representado por una metáfora simple. Si hay creación, hay futuro, y si hay futuro, no necesito más nada. Aún en lo imposible hay esperanza. Porque la negación de las posibilidades se transforman en las paredes que quiero derrumbar. Es un gran ejercicio, no vine hasta acá para pegarle piñas al viento. Quiero romperme los nudillos para confirmar que mi sangre, mi sangre es más roja que los ladrillos. Y ahora que estás lejos, sos también un faro que titila, sos esa luz que acepta apagarse para encenderse. Y si en ese horizonte hay algo que brilla, no importa que sean lingotes de oro o espejos mentirosos; sea lo que sea, acepto la invitación a caminar, buscando encontrar. Pero ahora estás allá, y yo estoy acá. No me queda otra cosa entonces, que abrazarme con fuerza a las palabras. Con tu avión avisando que no va a volver, me aferro con fuerza a las ganas de desear. Me enfrento con firmeza a la guerra librada por la distancia; y ahora esa es mi revolución: convertir las banderas bélicas de la muerte, en las sábanas aterciopeladas del amor. Y aún sabiendo que lo mejor de las revoluciones llega cuando ya no está el revolucionario, sigo alzando las armas que me llevan hacia vos.

lunes, 29 de abril de 2013

La banda que no salvó a la película

Sobre Pink Floyd y Zabriskie Point:

"Si Pink Floyd, según las palabras de Gilmour, aceptó el proyecto de More porque querían «entrar en el mundo de las partituras de las grandes películas», entonces Michelangelo Antonioni debe de haberles parecido, al menos al principio, la respuesta a sus plegarias. Después de que Blow-Up fuera aclamada en todo el mundo por su descripción del Swinging London, el director italiano, en aquel entonces de 56 años, se dispuso, con Zabriskie Point, a hacer un retrato similar de la revolución juvenil californiana. Después de oír las tensiones anárquicas de «Careful With That Axe, Eugene», Antonioni (quien ya conocía a la banda por haberlos visto en el lanzamiento de IT en el Roundhouse), convocó a los muchachos a Roma.


El grupo estuvo casi todo el mes dejando pasar los días en un lujoso hotel, comiendo crêpes suzattes y probando vinos de buenas cosechas. «Podríamos haber terminado todo aquello en unos cinco días», recordaba Waters. Pero Antonioni «lo esuchaba y empezaba a decir (tenía ese tic terrible): "Es molto hermoso, pero es demasiado triste" o "Es demasiado forte". Siempre le faltaba algo para ser perfecto. Cambiábamos lo que no lo gustaba, y aún así estaba descontento. Fue un infierno. Él se quedaba sentado y a veces se dormía, y nosotros seguíamos trabajando hasta las siete y ocho de la mañana, volvíamos a desayunar, nos acostábamos, nos levantábamos y regresábamos al bar».

Antonioni, en cualquier caso, llegó a la conclusión de que necesitaba una música que sonara más americana para acompañar las aventuras de sus revolucionarios de la Costa Oeste. El director utilizó grabaciones de los Grateful Dead y los Youngbloods, además de «Tenessee Waltz» de Patti Page y una canción bluesy de los Rolling Stones, y sólo tres de las contribuciones de los Pink Floyd terminaron en la película. Una de ellas era, irónicamente, una pálida imitación de un tema country & western. Además rechazó una lírica pieza de piano de Rick Wright que más tarde se desarrollaría hasta convertirse en «Us and Them», uno de los temas más populares de Dark Side of the Moon.   

Sin embargo, desde el punto de vista del legado artístico y la credibilidad de Pink FLoyd, quizás el perjuicio no haya sido tan importante. Incluso más que More, Zabriskie Point es una de esas películas que, vistas una generación más tarde, casi hacen que uno se alegre de que los sesenta hayan terminado hace tiempo. Su trama, si es que puede llamársela así, sigue a un joven sospechoso de haberle disparado a un policía en una revuelta estudiantil mientras pilota un pequeño avión y huye al desierto de Arizona. Una vez allí, la primera persona con la que se encuentra es la típica modelo de largas piernas, con quien no pierde el tiempo en iniciar una extática comunión sexual bajo el sol del desierto.

Nuestro héroe, también apuesto, interpretado por Mark Frechette, procede luego a pintar el avión con los colores psicodélicos e intenta regresarlo al aeródromo de donde partió. Una vez allí, muere bajo los tiros de los «cerdos». Una nueva variación de «Careful With That Axe», rebautizada «Come In Number 51 Your Time Is Up» al menos aporta un eficaz telón de fondo a la apocalíptica escena final, en la que se ve un lujoso hotel del desierto explotando en cámara lenta."*



*La odisea de PINK FLOYD -  Nicholas Schaffner
pgs 149-150



domingo, 28 de abril de 2013

Sunday Gipsy Jazz

Woow!

Golpeando puertas

A raíz de otro post, linkeo ahora un par de notas sobre Somerset Maugham. 

“No lo publico porque sea lo bastante vanidoso como para suponer que toda palabra mía merece ser perpetuada. Lo publico porque me interesa la técnica de la producción literaria y el proceso de creación, y si un volumen como este, escrito por otro autor, cayese en mis manos, me arrojaría sobre él ávidamente”.

"Era un hombre atormentado, obseso por la idea de la muerte. «¿Sabes? -le dijo a su sobrino Robin en una ocasión, al final de su vida-. Estoy a las puertas de la muerte. El problema es que tengo miedo de llamar para que me abran.»"

Una pulseada con la muerte

Supongo que más tarde o más temprano, de alguna radio comunitaria, o en el mejor de los casos, de algún periódico del interior de nuestro país van a pedirme una entrevista. Para conocerme en profundidad, para adivinar los vericuetos que atravieso al llevar adelante mi carrera artística. También supongo que será mi deseo de control, lo único que tal vez quede en evidencia. Una prueba de ello, es la entrevista que me auto-realicé (preguntando y respondiendo), como forma de prepararme para cuando llegue el momento.

Hoy, comparto un breve fragmento de la nota (nunca fue publicada en su totalidad).

- ¿Te gusta cantar?
Circo (John Circo / Se caen los muebles)
- Bueno, ¿cómo responder a esa pregunta sin verme cargado de cierta estupidez? Los periodistas ya no preguntan lo que realmente importa, esa sería una gran respuesta -risas-. 
Pero para ayudarte, te cuento que el gusto por cantar está relegado al último lugar de la fila. En el proceso de creación, el artista va en caída libre, en un pozo que se construyó él mismo a partir de su grito primario. Por lo tanto, la preocupación respecto a su gusto por cantar, escribir, o pintar, pierde peso. El artista, en su caída, está atribulado por conocer las paredes de ese pozo. Intena descubrir si, en alguna minúscula porción de esas murallas que lo ven caer, existe algo que lo refleje. Que le otorgue la perspectiva necesaria para conocerse. No perdamos de vista, que la mayor pasión del creador, es saberse dueño de su destino. Es la única forma de sentarse a jugar una pulseada con la muerte. En realidad todo ser humano desde que nace, comienza a caer, inicia un brusco descenso por el interior de su yo. El artista asume su condición cuando a medida que camina, entiende que antes de llegar a sitio alguno, es necesario interpelar esas voces que desde su interior intentan decir algo. Puedo cantar, o no; y me puede gustar, o no. Pero para ser honesto, sólo canto cuando no encuentro otros mecanismos que me ubiquen frente a mi yo; y obviamente cuando mi caída se agota. Canto cuando veo que falta poco para reventarme contra el piso.

Deseo, belleza y política: metáforas de Mujer

De una entrevista a Alejandro Dolina publicada en revista Orsai n°11:

"No me cautiva tanto la aniquilación del deseo, aniquilar el nirvana para solucionar ese problema. Me gusta el deseo. Me gusta en todas sus formas. Siempre y cuando el deseo no se afloje. El deseo es ineficaz cuando su cumplimiento es tan lejano que provoca el desaliento o cuando su cumplimiento es tan cercano que provoca el aburrimiento. Si el deseo se cumple inexorablemente y al instante, bueno, eso aburre. Y si no se cumple nunca te descorazona. Un deseo suficientemente elástico, que se cumple a veces, yo creo que mantiene al espíritu en una intensa ansiedad, que es lo más parecido a la felicidad que yo he conocido."

"De tanto desear, y de tanto convertir bagatelas en utopías, el deseo también se afloja. Y el alma se desengaña, se aburre, se ofende. Si cualquier cosa es un deseo, uno se ofende. El espíritu se ofende."

"Hay cosas en el arte que ya han ocurrido, y no van a volver a ocurrir. Entonces es necesario seguir caminando en la oscuridad y al andar los caminos del arte, de la emoción, de la ciencia, resulta que la cosa es cada vez más compleja. Un mero buen escritor ya no es necesario. Lo que sí es necesario es indagar qué cosa es verdaderamente el arte. En qué consiste este fenómeno. Por qué nos emociona. Para qué lo necesitamos. Cuál es su sentido antropológico e histórico. Y en ese andar, que es de duda y de entredicho perpetuo, un gran escritor como Somerset Maugham ya no hace falta. O resulta mal parado. Resulta a contramano de la inquietud literaria. Mientras que en 1940 todo el mundo estaba esperando una nueva novela de Somerset Maugham o de Graham Greene -estoy buscando ejemplos de escritores muy buenos, y reconocidos mundialmente, pero no geniales-, ahora nadie espera eso. Nadie. Y el escritor que está escribiendo ahora para ser Graham Greene no lo conseguirá nunca."

"Creo que tengo una respuesta. Y es que siempre deseo estar en otro lugar y no en el que estoy. Y escribir es ir arribando a distintos lugares, y una vez que uno se instala allí quiere ir a otra parte, quiere no haber escrito eso sino algo diferente. Yo lo he descubierto de la forma más banal, en episodios muy menores de la vida real. Primero uno empieza por creer que no está cómodo en ningún lugar. Uno piensa: qué mala suerte tengo, cómo me cuesta encontrar lugares donde estar bien. Y después se da cuenta de que esto es automático. Que no hay lugares para uno. Que es una patología que te hace abominar del lugar donde estas instalado. Entonces, no se puede escribir tranquilo. Y la única manera de publicar es resignarse, soltar algo como quien dice: está bien, te lo doy, pero no me parece que esté bien."

"Está un tipo con una mina y piensa: Sí, está muy linda, pero ¿por qué no aquella otra? Estoy en este lugar, qué lindo que es. ¿Pero por qué no en Venecia? Estás en Venecia: ¿por qué no en Florencia? No hay manera de estar en ninguna parte."

"(...) la belleza no es otra cosa que unas regularidades del tiempo y del espacio. Estas simetrías, o la falta de ellas es la belleza. Que haya un palo cada cuatro metros es una belleza: elemental, aburrida. Que haya un palo cada cuatro metros pero que vayan cambiando su rango, siendo más altos de cuatro en cuatro, o que de golpe falte un palo: bueno, esas son bellezas más complejas. La música es el mejor ejemplo de eso."

"Llega un momento en que la discusión política real, la que sucede todos los días, únicamente se expresa mediante denuestos, mediante posturas irónicas de personas no muy inteligentes. Una persona poco inteligente que practica la ironía suele ser patética. Y cuando uno asiste a ese espectáculo, puede ser que durante un rato se divierta, y hasta encuentre brillantez en aquellos que defienden las políticas con las que uno concuerda."

"Si yo fuera el gobierno dejaría que los hechos hablen por sí solos. Sería arriesgado, pero más arriesgado es que las verdades, por sobreactuadas, empiecen  a parecer mentiras."

domingo, 21 de abril de 2013

El cielo se agita en el horizonte*


La luz roja de la noche se refracta
a través de gigantescas mesas de diamantes,
el cielo se agita en el horizonte.

Como un virus insaciable
arrasa el universo 
y sus enemigos son como polvo bajo sus pies.

Los soles se estremecen a su llegada
Los grandes poderes del cosmos
se arrodillan frente a él
y besan su mano.

Vasto e implacable,
un mundo de guerra renacido
gira a través de la noche sin fondo,
reduciendo galaxia tras galaxia a humeantes ruinas.

Las estrellas se tornan rojas.
El eco de las nebulosas 
con los gritos de los muertos...
ESTÁ CONTENTO.


* (extraído de SUPERMAN - Alan Moore / Dave Gibbons)
ver TODO: Hey kids, comics! 


sábado, 13 de abril de 2013

Un documental sobre Frida

Resulta que hoy es sábado. Eso quiere decir que mi día de ayer terminó hoy, y hoy, mi día comenzó apenas terminó el de ayer. También quiere decir que se esfumaron mis excusas para encarar los deberes domésticos. Todo eso quiere decir. Pero hay algo que no dice, y pasa. Pasa que el sábado por sábado que es, de tarde me guarda un lugar y presenta algunas joyas, hoy presentó las joyas de Kahlo.
Hermosas, como ella, a pesar de -o gracias a- sus rasgos tan "machos". 

Me estoy durmiendo, necesito ahora una siesta. Quiero estar despierto para ver cuándo -y cómo- llega la noche.

Ah, lo de Frida. Sí, vean el documental: The Life and Times of Frida Kahlo.
Si hasta ahora mismo se lo perdieron, crean que están facultados con algún tipo de superpoder, porque es imperdible.

Lo encuentran en este post de Biciman.  


Bonus:

Y como dijo Peter Lorre en este otro post: "Están avisados". 


lunes, 8 de abril de 2013

Gato

No tengo demasiadas pretensiones. Hoy tengo una muy concreta. Pretendo dibujar un gato. Pienso que lo más acertado para hacer bien mi tarea, es comenzar por la cabeza. En la cabeza están las orejas, los ojos, el hocico... pero empiezo a dudar. ¿Y si esa parte del gato tiene otro nombre? No me refiero a un nombre técnico, ni mucho menos. Puede ser que coloquialmente esa parte del cuerpo del gato reciba otro nombre. Entonces dudo. Bien este ejercicio es útil para incentivar mis dudas. De esas si tengo muchas. Muchas más dudas que pretensiones. Pensándolo bien: ¿qué carajo importa? si lo que quiero es dibujar un gato, ¿para qué preocuparme por el nombre? ¿y para qué dudar?
Bueno, puedo responder (me) que necesito nombres para pensar, porque pienso que pienso en palabras o mediante ellas. También puedo convencerme de la duda (cosa curiosa, a que sí?!), puedo suponer que es la Duda, el mecanismo que me permite seguir adelante, sabiendo que voy por el camino correcto. Porque dudando, reviso. Y revisando, aprendo.
Pero son cuestiones menores. Quiero continuar el trazo. El dibujo. Quiero terminar con el lienzo en blanco, lo necesito. Poco a poco, los trazos van devorando las partes blancas. La cabeza (o lo que sea) va adquiriendo forma de cabeza (o de lo que mierda sea! sì).
Avanza, muchacho, avanza, dudando, siempre.
Un post tan breve como este no puede estar tan cargado de dudas. Aunque puede llegar a permitirme tal extremo por tratarse de la primera vez que lo hago. Nunca antes dibujé un gato. Voy bien.
Ya llevo más de la mitad del cuerpo plasmado en el lienzo y representa la realidad que imagino mucho más de lo que cualquiera de ustedes puede llegar a imaginar.
Es un gato representativo de otros tantos. Me fascina la capacidad que tienen los felinos para inmiscuirse en mis pensamientos más intimos. Son buenos compañeros, eso es innegable. En las buenas y en las malas, el gato siempre está. 
El dibujo puede llegar a complicarse, si justo mientras estoy apoyando el lápiz en el papel, a este gato que tengo en mente se le antoja maullar. Por el bien de todos, espero que no. Tampoco te muevas, gato. Quiero que tu imagen sea la más fiel posible de ti mismo. Hazlo por ti, gato.
Sólo un poco más. Son sus patas suaves y firmes a la vez. Es su cola larga y peluda. En mi dibujo también agrego como una sombra, los pelos que él pierde (aunque no es calvo). Sus uñas están afiladas, por eso la línea que representa el borde de las mismas, es muy, muy fina. Él mete miedo. Pero es muy bello. 
Además de mi congoja por desconocer la reacción que adoptará el gato que imagino cuando se enfrente al gato que dibujo, no puedo evitar atribularme por los vicios que descubro mientras realizo la obra. Por ejemplo: encuentro que muchas veces repito los últimos milímetros de trazo, volviendo un par de veces sobre la misma línea que tracé, una y otra vez. Es como una necesidad de volver sobre el pasado, como si fuese una posibilidad de corregir lo ya hecho. Que tontería.
Para terminar, a mano alzada y sin levantar el lápiz, continuaré hasta el final, este será un gato con tres patas.




domingo, 7 de abril de 2013

Gemidos


Un barrio con montones de esquinas, gatos olvidados, casas tapiadas, gente mangueando, edificios a estrenar, señales de tránsito y semáforos, avenidas principales y calles transitadas. Una enumeración así puede prometer aventuras, pero eso no sería otra cosa que una interpretación subjetiva de un conjunto de palabras que realmente no es más que eso: un conjunto de palabras.
En todo caso, la aventura existe a partir de sensaciones o construcciones hechas a partir de la interpretación -también subjetiva- encerrada en un cuerpo o extraviada en una mente, también encerrados en un espacio geográfico y temporal concreto.
Bueno, eso es lo que traigo hoy para ustedes. Mi propia interpretación de lo que fue una caminata por algunas calles de un barrio apretado entre el Parque Batlle y el Buceo, por ahí. Pero si tienen un mapa, o si tienen un barrio, pueden intentar su propia interpretación y dejar de lado esta -muy breve- narración*.
Fue un sábado, yo volvía caminando de la casa de un amigo. Subía por Luis A. de Herrera, hacia Av. Italia. En el trayecto hay varios repechos, pero el más pronunciado es el último, en la última cuadra antes de llegar a esa avenida que une Tres Cruces con lo que hay más allá de Carrasco.
El viento no jugaba a mi favor. El sol de la tarde, no era otra cosa que un astro aprontándose para irse a la cama. Hecho que daba al paisaje urbano esa estética de colores cálidos que tanto me gusta. Es que en ese marco, de sol cayendo, los grises adquieren vida. Si claro, es algo muy personal y posiblemente mi visión daltónica altera vuestra propia interpretación, pero no acepto quejas hasta que esto termine. Continúo.
A mitad de camino, entre la casa del Tavo y la mía, hay un restaurant, con el exterior pintado en un color negro horrible, ni siquiera sé si es un color, porque realmente es horrible. Supongo que el propietario intentó darle un toque de exclusividad, o "premium" y acumuló entre la pintura exterior y el diseño general del local, todos los clichés vistos a nivel global para ese tipo de negocio. El resultado es un local que ocupa un esquina y sirven comida. Una vez fui a ese mismo bar -ah, eso, para mí es un bar pero a ustedes se lo presento como restaurant porque esa es la palabra que se ubica debajo del logo- y pedí una cerveza. La camarera, que gozaba de un hermoso embarazo, de unos seis meses estimo, me preguntó que iba a pedir para comer. Respondí que sólo tenía intenciones de tomar cerveza. Me miró raro, creo que por su frustración de no anotar nada en la pequeña libretita que tenía entre manos. A los tres minutos se acercó nuevamente a la mesa y apoyó una jarra cervecera, con el vidrio todo empañado. Me gusta cuando sirven la cerveza en recipientes previamente congelados. Si bien siento cierto temor de que el vidrio estalle, por la diferencia de temperatura con el ambiente bastante más templado, desde que el líquido rubio golpea las paredes frías hasta que llega a mi boca o se queda reposando en mi barba, no dejo de disfrutar.
Ven, no sólo destaco lo negativo del bar, destaco también sus puntos fuertes. No soy del todo malo.
Ese sábado, mientras volvía, pasé frente al bar. También en esa misma esquina hay una parada de ómnibus. Por ahí pasan el 183 y el 405 -bueno, si no es el 405, es otro de los "rojos"-.
En la fachada del bar, orientada hacia esa parada, además del ventanal que permite una buena visual desde el interior, hay un pequeño cantero, con algunas plantas y en menor cantidad, pueden verse unas flores. A veces, la gente que espera el ómnibus, se apoya en el muro exterior de ese cantero. No pueden sentarse porque la vegetación lo impide, pero en el borde de muro que sobresale, resulta bastante cómodo apoyarse mientras uno espera. Yo no lo probé, pero es lo que veo de la gente que sí lo hace.
Es decir que los comensales con vista al exterior, además de entretenerse con el tránsito, pueden perder el tiempo deteniendo su mirada en la gente que aguarda expectante algún ómnibus para llevarlos a quién sabe dónde.
Es entonces en ese cantero, que sucedió uno de los acontecimientos extraños de la caminata sabatina.
Un tipo joven, supongamos de unos treinta años, vestido con jeans, campera de nylon negra y calzado con unos championes gastados, de cuero marrón; se acercó a una viejita, bueno no era viejita, era una señora mayor, para ese caso supongamos unos setenta y dos años, completamente cargada de canas, arrugas bastante pronunciadas que daban aspecto de profundidad entre pliegue y pliegue, estaba abrigada creo que con cierta exageración, con un saco de lana gruesa, color violeta pálido, una falda de lana en el mismo tono pero con diseño en blanco, si bien la falda le cubría bastante más que las rodillas, se podía ver el también exagerado espesor de sus medias negras.
La cosa es que el flaco al acercarse a ella, le dijo: 
- hacema de campana, que me voy a echar una meada.
Ella, cambió su mirada perdida hacia el norte, con la esperanza de ver un ómnibus acercarse a sus deseos, por un gesto de susto, abriendo sus ojos tanto como su boca.
Pero aunque no impidió el accionar del hombre, siguió apoyada contra el cantero aunque se encorvó hacia adelante para que él no interfiriera con su visión. O sea, después de la primera impresión, ella actuó con indiferencia.
En el interior del local, la mujer que estaba tomando un cappuccino y comiendo un par de sandwiches calientes, imitó a la anciana: se asombró cuando vio al hombre desenfundar y continuó masticando y bebiendo al tiempo que se sonreía muy disimuladamente de la cara ya placentera del hombre descargando sobre las plantas del cantero, todo su líquido, casi tan rubio como la cerveza.
Uno de los mozos, atento a todo lo que sucedía en el exterior, salió decidido a increpar al hombre que confundió cantero con mingitorio, pero yo seguí caminando y no volteé para conocer el desenlace. Preferí llevarme el nudo sin desatar.
Debo comentar que esa situación extraña me llevó a reflexionar sobre cuestiones íntimas, y en eso me mantuve ocupado durante un par de cuadras, hasta el siguiente suceso que compone este relato.
Poco antes de llegar al inicio del último repecho, a mitad de cuadra pasé frente a una casa pequeña, de una sola planta, con rejas perimetrales bastante más altas que yo, que servían para encarcelar a tres perros demasiado grandes para lo que era la casa. No conozco de razas, pero me animo a decir que eran dos ovejeros alemanes y un dogo gris -si me equivoco, me dicen, ok?-.
En ese momento, al destino se le ocurrió que una señora gorda saliera a pasear a su mascota. Un perro común -no raza pura- chiquititito. Lo paseaba con una correa regulable, de esas que se extienden a gusto del humano y del perro -a veces-.
Cuando el perrito osó caminar con paso altivo frente a los perros, a sabiendas de que la reja lo iba a proteger, los tres perros GIGANTES, envueltos en una furia que pocas veces en mi vida ví, comenzaron a largar una baba bastante espesa que desprendían a medida que movían su cabeza de un lado a otro, al ritmo de los ladridos guturales.
Pero, si ustedes me disculpan, el paso altivo del perrito es algo que puedo llegar a comprender, era como su minuto de gloria, la impunidad genera éxtasis, ya lo sabemos.
Prefiero detenerme en la mirada de la señora, que acompañada por el globo gigante que salía de su boca, lo supongo construido a base de varios chicles, era una fantástica expresión de burla.
Ella, con su gordura y su mal gusto para vestirse, gozaba por la impotencia de los sabuesos presos de una situación que censuraba su instinto al extremo. Eso me embargó en una sensación de tristeza. No sé muy bien porqué pero comencé a imaginar diferentes escenarios sobre la vida diaria de la mujer. Todos los escenarios me parecen patéticos y prefiero continuar sin detenerme en eso.
Llegando entonces a casa, recordé que no había comprado las entradas para el recital del domingo. Allí cambié el rumbo, y lo que pasaría luego, me haría comprender que todo lo ocurrido hasta ese momento, fue una nimiedad.
Las entradas se vendían a unas seis o siete cuadras de dónde me encontraba. El cielo se devoraba toda la luz que podía para vestirse con ropa oscura como si se tratase de eventos excluyentes entre sí.
Estaba algo cansado, al menos de eso hablaban mis pies. Pero no tenía interés de quedarme sin entradas. Caminé las cuadras que faltaban para llegar al local de venta, un pequeña cola asomaba por los ventanales. Es que en ese mismo lugar uno puede pagar la luz, el teléfono, las compras de Mercadolibre, girarle la plata al vendedor de faso, todo, todo en un solo lugar, ah, y comprar entradas para recitales de rock, obvio.
Pero no me puedo quejar, no esperé, apenas llegar y sin saber porqué, me atendieron por una ventanilla, vacía, sólo la cajera. Ella, rubiecita, treinta y cuatro años, dos hijos chicos, contenta con su vida y bastante perra en la cama -todo es un supuesto, obvio-.
Me preguntó si quería platea alta o baja, respondí que me diera las más baratas.
Respondió que por cuarenta pesos más, accedía a platea baja -cerca del escenario-, y acepté.
Me llevé las dos entradas, no sin antes agradecerle.
Y salí. El barrio ya era otro. La noche había llegado para quedarse. Nunca confío en el día y en consecuencia, espero que llegue el día en que no amanezca. Muchas veces pienso que la noche va a ser infinita. No es que crea en lo reyes magos, pero lo que uno llega a experimentar de noche ni se acerca a las mejores experiencias diurnas. En la noche, y sobre todo en las noches en soledad, es cuando la vida golpea la puerta. Allí es cuando el yo queda desprovisto de todas las ataduras que lo conectan a uno con eso que llaman realidad. Pero aún sabiendo que durante el día vivimos una falacia, no encontramos la forma de liberarnos, hasta que sí la noche hace su jugada.
Ojo, no es magia ni nada de eso, es simplemente reconocer que no hay otra cosa. Que la vida es un segundo y cuando esa misma vida se apaga, todo deja de existir, incluso todo lo que durante el día parecía importante.

Así que con los tickets en la mano, fui otro. Mis pies dejaron de delatar el cansancio y las ganas de volver a perderme entre esquinas, nacieron con un llanto de felicidad.
No puedo decir con exactitud cuantas cuadras recorrí hasta que sucedió lo que ya voy a contar, pero lo que tenían en común era la oscuridad. Pocos faroles en esas calles, lucían bien.
Hasta que al girar en una esquina, a mitad de cuadra logré divisar una silueta masculina en movimiento. A medida que me acercaba, confirmé que era un hombre de mediana edad, con atuendo deportivo, buzo de manga larga, short y championes de correr.
Estaba haciendo ejercicios de estiramiento, para eso se había ubicado frente a la única casa de la cuadra que tenía una lamparita encendida. No era una fuente de luz poderosa, ni mucho menos, sería de 25 o 40w a reventar.
Supongo que ya estaba de vuelta, es decir, en breve estaría en su casa duchándose y disfrutando de tener una vida saludable.
Por la acera de enfrente, venía un hombre grande, robusto, de piel oscura, sin remera -sí, a pesar de la fría brisa que gobernaba el clima a esa hora, el tipo venía sin remera- y con una bermuda de jean ajustada. De chancletas.
De manera simultánea, yo continuaba mi marcha, acercándome al "deportista" a diez o nueve metros.
El "grandote" cruzaba de acera, estando a cinco metros del lugar elegido por el otro para estirar, y en ese instante que uno cruzaba, el otro apoyó sus manos contra la pared, como tratando de estirar los músculos de las piernas, por lo que su cuerpo quedó formando casi un ángulo recto.
Antes de que yo pasara a su lado, el morocho, grandote lo tomó de la cintura, le bajó el short y él se bajo la bermuda de jean.
Todo fue en segundos.
Los dos me vieron aproximarme, pero me trataron con la misma indiferencia que minutos o horas antes, la vieja trató al flaco que meaba tranquilamente.
Lo penetró violentamente, echando su torso hacia atrás. Mientras que el otro se apoyaba con firmeza a la pared y gemía, como si estuviera tosiendo y fuera mudo.
Atiné a cruzar de vereda, y no continué observando la escena, pero ya lo había visto todo.
En la calle no había nadie más, excepto otro individuo que venía de frente, corriendo. Tenía aspecto andino, se apresuraba a llegar, al parecer a donde estos dos estaban gozando de una sesión intensa de sexo exhibicionista. Cuando lo vi de cerca, noté que en su mano llevaba un chumbo.
Un revolver plateado de caño largo y con tambor. Tampoco conozco de armas, así que por favor confórmense con esa breve descripción.
Él también evito mirarme. O me vió pero no me prestó atención, anyways. Lo que si generó fue intriga, y me obligó a seguirlo con la mirada.
Cuando llegó al encuentro de los otros dos, ellos ya habían terminado.
El "grandote" se subió la bermuda, mientras el "deportista" continuaba apoyado contra la pared, agitado.
Pero lo fornido y lo enorme de sus músculos, no impidieron al morocho, arrodillarse frente a este tercero. Mientras se arrodillaba, el sujeto armado, gatilló el revólver. Lo apoyo contra la frente del que estaba con rodillas en el suelo y manos apuntando al cielo, y disparó.
El estruendo me hizo cerrar los ojos un instante para abrirlos de golpe y endurecer todos los músculos de mi mandíbula.
El revólver quedó tirado en el piso. El otro seguía con las manos apoyadas en la pared, y el "andino" siguió caminando sin prisa, por la misma dirección. Yo giré, me metí una mano en el bolsillo del pantalón apretando el celular, y me apoyé la otra en el pecho. Me fui caminando.
Fue curioso, el estruendo del disparó me borró para siempre esos gemidos que me parecieron tan inusuales, por encontrarlos a la vuelta de la esquina.



* Narración que no tiene otro propósito más que exponer cierta necesidad de masoquismo que experimento al mostrar mis limitaciones.